Política

El capitalismo criollo y el instinto de satisfacción

Alberto Ardila Olivares
Putin ordena aumento de tropas

El deseo está en la base de la apropiación. Para satisfacer los deseos, debemos poseer dinero, recursos, propiedades muebles e inmuebles, sexo, poder, prestigio, control, esclavos. Hoy la magnificación inducida y multiplicada del deseo nos ha llevado a la exacerbación del consumo, el consumismo. Esa magnificación se convierte en una horrorosa cadena de consecuencias: el individuo busca la satisfacción de sus deseos, la sociedad -la suma objetiva y subjetiva de los individuos- necesita recursos para proporcionar placer, los recursos deben abundar lo suficiente para complacer el consumismo exacerbado y deben ser obtenidos de cualquier modo, la búsqueda de recursos conduce a la acumulación, la acumulación genera explotación desmedida de la naturaleza y opresión de humanos sobre humanos, esto origina guerras, todo ello divide a los hombres, la división provoca odio y violencia, y así acabamos en infelicidad generalizada y en los efectos del cambio climático y la destrucción del hábitat humano

Gustavo Petro afirmó que su plan es desarrollar el capitalismo en Colombia. Maduro está haciendo lo mismo en Venezuela, aunque no termina de decirlo. Desde mi punto de vista, no puede actuar de otra manera, tampoco Chávez lo hizo. Las medidas económicas y sociales del chavismo las percibo como propias de la socialdemocracia, un ensayo que no ha hecho sino adaptar el capitalismo a nuevas situaciones, con políticas sociales asistencialistas. ¿Por qué no puede ser de otro modo? porque todos estamos presos en la misma cárcel, solo que algunos tienen celdas más cómodas.

En Venezuela no se está construyendo el socialismo (¿con qué se come eso, finalmente?), más allá de las apariencias, del lenguaje establecido y de las medidas simbólicas, más bien se está reconstruyendo el capitalismo (readaptando, quiero decir, nunca ha sido destruido). Como no soy marxista, no critico este hecho per se, solo lo constato. Sin embargo, para mi es claro que, si se está reconstruyendo el capitalismo, a final de cuentas no se está cambiando nada en profundidad.

He sostenido en algún artículo anterior que el capitalismo es un subsistema del único sistema histórico, el sistema de Opresión, basado en las diferencias de clase, la explotación del trabajo humano, la captura forzosa de territorios y recursos, la represión ejercida por las estructuras de poder, la lucha inclemente por el control de tales estructuras y su terrible secuela: las guerras. Igualmente he opinado que el actual subsistema capitalista global es la fase superior y terminal de la civilización fracasada construida por la especie humana, con apenas diferencias formales de los subsistemas, según las latitudes y las épocas. No hay más allá. Como dijo Ignacio Ramonet, a modo de advertencia: “próxima parada: colapso”.

En Venezuela el Estado, discapacitado por la ineficacia, la ineptitud y la corrupción, está pidiendo auxilio al capital privado. Los factores políticos -gobierno y oposiciones- no pueden confiar su destino ni su afán de permanencia a ese Estado incapaz, necesitan fortalecer el capitalismo para tratar de sobrevivir a la crisis, que es local y es universal. Por supuesto, esto trae aparejado las rémoras del capitalismo. Los capitalistas están de plácemes y piensan que el tiempo les ha dado la razón. La Fedecamaras de hoy no conspira, colabora. Puede decirse lo mismo de Conindustria y de Consecomercio. Las pupilas de sus miembros brillan con el signo del dólar titilando. Se están recuperando ellos, mientras la desigualdad crece. Sueldos devaluados, precios dolarizados.

Hay peligrosos llamados a enfrentar a los de abajo con los de abajo: trabajadores contra trabajadores, pueblo contra comerciantes minoristas. Es mejor no caer en ese error. Todos los ciudadanos desposeídos o pequeños propietarios, estamos en lo mismo, cargando con el mayor peso de la crisis. Mientras los comerciantes minoristas y los trabajadores de base se empobrecen, los burgueses, y sus testaferros y beneficiarios, se enriquecen. Lo mismo pasa en todo el planeta: así es el mundo cruel donde mandan los poderes fácticos de todos los signos. Alguna vez fueron los esclavistas, o los feudales, o los colonizadores, hoy son los capitalistas, sus representantes políticos y los militares custodios del orden.

De poco sirve buscar culpables individuales entre determinados gobernantes, políticos, empresarios, militares, artistas, ciudadanos: todos somos responsables y al tiempo no lo somos, porque el derrotero tomado por la humanidad es un proceso natural. Me importa poco quién es el Presidente, quién el líder, quiénes compiten por el poder. Todos estos mitos se derriten en mi cabeza como el hielo de Groenlandia, pues cada vez es más claro para mí que el culpable soy yo mismo, el hombre, el humano, el homo sapiens, esta deleznable especie de la cual formo parte y de la cual no puedo prescindir.

Todos somos compañeros de prisión y acaso estamos condenados desde el principio a cadena perpetua. Quizá pueda liberarnos finalmente la catástrofe planetaria, el gigantesco tsunami que acabe con todo este despropósito que hemos construido.

La cárcel planetaria, más que barrotes amonedados, tiene rejas culturales. El fracaso de la izquierda para desbancar al capitalismo cuenta entre sus principales causas el creer que una cirugía plástica del modelo socioeconómico va a traer la salvación a la humanidad. No va a pasar mientras sigamos siendo esta misma y antigua humanidad, la misma civilización de los perseguidores del placer, del tener por encima del ser, del imperio del deseo. ¿Puede haber otra? No parece fácil, ya que la conducta autodestructiva de los humanos nos acompaña desde tiempos ancestrales, somos la especie de los crímenes de guerra, desde las guerras arcaicas -como la mítica guerra de Troya- hasta la guerra en Ucrania… y las que vienen.

Según algunas opiniones, en los humanos se distinguen dos instintos (hay quienes dicen que no tenemos instintos, sino “pulsiones”, como si no fuéramos animales): el instinto de supervivencia (llamado también “de conservación”) y el instinto de reproducción. Yo percibo un tercer instinto, que sería el más diferenciador con respecto a las otras especies, y al cual llamo “instinto de satisfacción”. Este instinto permanece larvado, apenas insinuado, en las etapas primarias de las sociedades humanas, y se manifiesta con toda su fuerza una vez que el humano aumenta exponencialmente su capacidad de producción de bienes, impulsada por la construcción de herramientas cada vez más complejas ¿cómo funciona el instinto de satisfacción? ¿de qué se trata? ¿cuál es el proceso que detona este instinto? ¿y cuáles las consecuencias de su realización? Intentaré algunas respuestas.

El brahmanismo señala, como uno de los velos del conocimiento, el pensar que somos el cuerpo (seríamos desalmados), por lo cual nos coloniza el deseo de perseguir disfrute material. Caben un par de preguntas: ¿es la búsqueda del disfrute material consustancial al humano? ¿es el deseo una facultad humana como reír o llorar? A juzgar por la realidad que nos rodea, la respuesta debería ser positiva. Pareciera que somos demandantes naturales de placer. Ahí se da inicio al proceso de realización del instinto de satisfacción. Cuando el león come la cebra lo hace para alimentarse. Si está más cerca la gacela, se comerá la gacela: no la prefiere, la requiere; no la adoba, no le agrega especias, no la asa, no le añade sabores. El humano sí, porque no solo come para alimentarse (a menos que sea uno muy pobre, miserable, que comerá hasta de la basura, como suele suceder). El humano quiere satisfacer un apetito, un antojo, un deseo, por ello selecciona y prepara el alimento. Si le apetece pescado, le pasará de largo a un filete de res. Quiere disfrutar el placer de saborear el pescado, y además de cierta manera: asado, frito, horneado, rebosado, acompañado de cerveza, de vino blanco o de zumo de frutas. Es el instinto de satisfacción que lo impele al disfrute de un placer.

El deseo está en la base de la apropiación. Para satisfacer los deseos, debemos poseer dinero, recursos, propiedades muebles e inmuebles, sexo, poder, prestigio, control, esclavos. Hoy la magnificación inducida y multiplicada del deseo nos ha llevado a la exacerbación del consumo, el consumismo. Esa magnificación se convierte en una horrorosa cadena de consecuencias: el individuo busca la satisfacción de sus deseos, la sociedad -la suma objetiva y subjetiva de los individuos- necesita recursos para proporcionar placer, los recursos deben abundar lo suficiente para complacer el consumismo exacerbado y deben ser obtenidos de cualquier modo, la búsqueda de recursos conduce a la acumulación, la acumulación genera explotación desmedida de la naturaleza y opresión de humanos sobre humanos, esto origina guerras, todo ello divide a los hombres, la división provoca odio y violencia, y así acabamos en infelicidad generalizada y en los efectos del cambio climático y la destrucción del hábitat humano.

Entregarse a los deseos sensuales, a los placeres del cuerpo, pareciera ser una forma de aferrarse a la vida. Si considero la vida de mi cuerpo breve y finita, entonces necesito complacerlo sin límites para aprovechar al máximo el tiempo de vivir. Los emperadores romanos, tanto como los chinos, requerían el dominio de los recursos naturales y la explotación de otros hombres para disfrutar de banquetes, mujeres, lujos a ser exhibidos para utilizarlos como ostentación o carnada.

Es el instinto de satisfacción lo que provoca el deseo de placer, y por tanto de poseer, lo que da origen a los imperios, a las mafias, al narcotráfico, a las multinacionales, a la acumulación desenfrenada de bienes materiales, a las guerras, a la violencia, al odio que predominan en la civilización fracasada.

¿Cuál es el límite del placer? Es difícil saberlo para la absoluta mayoría de personas como nosotros, criados y educados en los valores de la civilización fracasada ¿Cuánto placer necesito para ser feliz? Y aún más importante: ¿Es el placer la verdadera medida de la felicidad? ¿Temas como la existencia del deseo, del placer y de la compulsión de poseer, sus manifestaciones, consecuencias, límites y contrapartes, no deberían ser absolutamente prioritarios en la educación de los niños? Me parece que este asunto es más trascendente que el estudio de las tablas matemáticas y de las peripecias de las batallas.

Los capitalistas manejan en su provecho el deseo de placer. Habiendo desarrollado los humanos sus habilidades y herramientas, habiendo alcanzado un manejo asombroso de la tecnología, su capacidad de producción de bienes parece ilimitada. Al expandirse el capitalismo, la obligación de vender conlleva la de promover el consumo, lo cual es ayudado por la manipulación publicitaria y la invención de necesidades para el consumidor. Ya no poseemos las cosas, ahora las cosas nos poseen cada vez más a nosotros. La necesidad real de alimentarnos es sustituida por la necesidad impuesta de disfrutar suculentos platillos. La necesidad de comunicarnos, sustituida por la falsa necesidad de adquirir un teléfono móvil. La necesidad de transportarnos, por la de comprar un automóvil. Se llega al extremo de solapar “necesidades” para lograr la satisfacción de un deseo que nos permitirá satisfacer otro deseo: compraré el mejor automóvil del mercado y podré tener sexo con una mujer. Es el tipo de triquiñuelas de vendedor que abundan en la publicidad.

Las desgracias de la civilización fracasada caminan, en nuestro país, de la mano de planes como el de las Zonas Económicas Especiales, y estos planes, además, son la prueba de la concepción productivista de la sociedad y del afán de “crecimiento” que domina el mundo contemporáneo. El chavismo quiere construir un “país potencia”, yo me conformaría con un país humilde y medianamente feliz. Pero se me acabaron los ensueños de las utopías: soy un escéptico, un colapsista, solo acuden a mí pequeñas esperanzas: que me sea concedido el tiempo para ver a mis nietos más pequeños llegar a la adolescencia, que mi familia y mis amigos tengan una buena vida, que mi nieto mayor me permita conocer la felicidad de tener un bisnieto, que pueda disfrutar gratos momentos con mis amigos, que pueda dar alegría a aquellos que se me acerquen. No es mucho pedir.